Elisa

 

Tenía que hacer check out en St. Christopher a las 10:30, pero antes, ordenar todos mis pertrechos que he recolectado en estos días. Me senté en la mesita para pintarme los labios y al frente mío está esta gringa con cara de anorexia. Es linda y flaca, lo más probable es que estudie arte o diseño –pensé-. Al rato se acerca una voluptuosa mujer negra, pelo largo y trenzas. Me habla y le digo que no entiendo, así que me habla en español. Era de New York y estaba terminando sus estudios de economía y andaba de vacaciones de invierno. Nos pusimos a conversar harto rato y yo estaba justa con la hora del check out. No me quería ir, esa pieza estaba buena, me había tocado una cama abajo y se veía el sena desde la gran ventana. Más encima, era la cama B.

La gringa anoréxica efectivamente estudiaba arte, pero era tan rara la mina, que ni me dieron ganas de hablarle. Era como esa versión de minas que se hacen las loquitas y se tocan el pelo y tiran la guata pafuera. Bueno, la pequeña guata que tienen. Bajé con Elisa, la mujer afroamericana, hacia la recepción. Le pregunté si iba para el metro, para que nos fuéramos juntas (y para que me ayudara con los bolsos). Ella iba a un café cerca de montmartre para desayunar, saqué cuentas y alcanzaba, porque tenía que estar a las 12:30 en la otra hostal y eran recién las 10:30. El café era en la estación cadet, pero como 4 cuadras hacia arriba y con los bolsos, fue un poco difícil, para ella más que nada, que no estaba muy acostumbrada a caminar. Entramos al café, que en verdad era un café-restaurant y a la hora que llegamos, ya todos estaban almorzando, así que no nos quedó otra que almorzar. Nos costó decidir, pero por suerte ella sabía francés-español-inglés, así que no tuve problema con los ingredientes. Esta era mi primera y última comida francesa.

Me contaba que había tenido muy mala suerte en el amor y que un peruano le había roto el corazón. Definitivamente éramos las dos mujeres que hablábamos más fuerte en todo el café. Nos reíamos de cada cosa que nos contábamos y encontrábamos que esos franceses eran muy callados y reservados. Una mujer negra con unas tetas enormes y yo, excesivamente feliz, porque al fin podía hablar español. Qué mejor. Me dejó en el metro cadet, donde continué mi tortuoso camino hacia la hostal que ni conocía. Sólo sabía que tenía que bajarme en La soborne. Salí del metro y le pregunté a un taxista por la dirección exacta y me dijo que no era lejos, casi 5 minutos. Para mí, fueron infinitos, porque de verdad, ya no podía más con esos bolsos. Llego a la recepción de “BVG Centro internacional de Paris”. Una niña en un perfecto inglés me dice que sólo con cash y que no hay piezas de 6 u 8 camas, sólo una compartida para dos personas. Accedo, sólo por cansancio de las maletas y prisa por ir a los últimos lugares. Es rara esta hostal. No tiene ascensores, así que subo dolorosamente la escalera hacía el tercer piso. La pieza da hacia la calle principal, con una ventana bonita, dos camas de ½ plaza?, repisas, closet y ducha. Dejo los bolsos, trato de descansar los pies, las manos, el cuello y busco mi agenda para ver que alcanzo a hacer.

Hacia Les halles a ver que puedo comprar y después al Grand Palais. Me di muchas vueltas y como siempre, muy perdida, viendo mapas en cada esquina. Al fin doy con la tienda adidas que andaba buscando, pero no me convencen esos polerones, bonitos, pero creo que es mejor otra cosa. Al fin me ubico bien y encuentro la librería pulenta que vi el otro día. Antes de eso me compro un panini con mozzarla, tomate y pollo más una cocacola. Entro a la librería y voy directo al taschen que el David quería y para mí, un calendario de Frida. Bonito. Cuando voy a pagar, le digo que es con tarjeta. Me pide mi “autógrafo” porque según él – yo podía ser una gran artista- . Ohh oui oui monsier. Aprovecho de preguntarle si tenía algo de Nan Goldin o Cindy Sherman. De Sherman nada, pero va en busca de Goldin en el estante de “PhotoART”. Vendió el último ayer, se agacha para asegurarse y me agacho con él para mirar bien y veo un Araki enorme de la Taschen. Veo el precio y dice 15€!!!!!. Le preguntó porqué tiene ese precio y me dice porque la caja está fea. Ni siquiera lo pienso un rato y le digo: I take it please. Se puso contento porque yo creo que nadie se lo habría comprado. Me voy con una gran peso nuevamente en las manos, bolsas y bolsas. Entré a una tienda “vintage” y me compré una boina mostaza. Sé que no la usaré en santiago, pero quiero llegar al aeropuerto pintamoneando con algo. Tomo el metro en dirección al grand palais, ya eran las 7pm, era obvio que iba a estar cerrado. La exposición de Andy Warhol ya había cerrado, pero por el frontis principal estaba abierta la exposición “ART PARIS”. La entrada decía VIP y juré que era con invitación, así que me quedé afuera, mirando cómo entraban todas estas personas tan, pero tannnn bien vestidas y yo, siempre muy poco adhoc, con parka y comiendo el resto de panini que me quedaba. Me aseguro bien de que es para VIP, pero veo que en una esquina hay una boletería y Voila!, estaba abierto para todo público. Nerd. Pido un ticket estudiante 9€, dejo las bolsas en una custodia y entro. Ya estaba bien cansada para seguir mirando cosas, pero igual entré. Eran miles y miles de stands que representaban a distintas galerías de arte moderno de todo París (y algunas extranjeras). Dos horas para mirar todo pero bien rápido, mis pies ahora si que no daban más. Salgo y me siento en las escaleras, termino de comer los restos del resto de panini y al lado mío hay un viejito en silla de ruedas rodeado por unas personas vestidas de negro, muy artistas. Le hablan fuerte, porque supongo que no escucha bien. Veo que la gente que pasa, lo mira y ponen cara de querer acercarse. Uno se atreve y le habla, al rato, ya forma parte del grupo de los otros artistas y todos hablan. Yo sigo ahí, con mi pedazo de pan, mirando, queriendo estar con el David, haciendo teorías de algo, o alguien para tomarme un café y contarle que éste era mi última noche en París y que me sentía muy llena de felicidad.

Caminé hacia Champs Hélices, para mirar por última vez la hilera de autos que terminan en el Arco del triunfo. Saqué unas fotos, bien fallidas y entré al metro de nuevo. Creo que nunca había dado tanto jugo en el metro, para llegar a una estación. Me equivocaba de dirección, me equivocaba de línea y después me bajé en otra que naqeer. Las bolsas hacían todo más difícil y no sé porqué, pero agradecía que esta ya era la última noche en París. Rogaba que la pieza no fuese compartida con un hombre o mejor con nadie. Pero no fue así, toqué la puerta de la pieza y me abrió una mujer que no entendía mucho que hacía yo ahí. Le dije: this is my bed. Ohhh okkkkk!!!!! Dijo. Era gastroenteróloga, venía a Paris a un congreso y era de Lyon. Simpática.

Comida en Montmartre   St. Christopher hostel

Elisa fom NY Frontis Gran Palais